miércoles, 26 de febrero de 2014

Debilidades


Siempre he sido un chico anclado al Metro de Madrid. Desde que tenía doce años, a media de dos viajes diarios. Ahora, ya mayorcísimo, he tenido la suerte de encontrar trabajo bien cerquita de casa. Y, por la gloria de todos los océanos, cómo me jode. Adoro el Metro por todas las frases comunes que habrás oído, y siempre ha sido un personaje más en mis novelas. Hoy, miércoles de cine, he cogido mi línea 1 y, cuando me he sentado, he disfrutado. Y también he pensado en la imposibilidad de que la humanidad encuentre su orden, porque, por definición, está loca. Allí,
un chico con un chándal en el que pone su nombre.
   un hombre de mi edad componiendo en su Ipad. Sin cascos. Sin música.
      una chica que tiraba la cáscara de sus pipas al suelo de las paradas por las que cruzábamos. Y con unas deportivas color oro y sabor extraño.
         una pareja de adolescentes en el que el chico estaba, irremediablemente, metido en la droga.
            un chaval que iba y venía. E iba y venía.
               otro drogadicto, este más demacrado.
                  un señor de unos cincuenta años que venía de un congreso, con un traje azul metalizado y una corbata de colores, un marca-páginas con la cara de su hijo y que leía una novela de Laura Gallego.

Me río yo de ovejas de rebaño y las negras avanzadas. Me río porque, si somos ovejas lo somos porque son el animal más tonto del mundo y, si no lo somos, es porque uno es zarigüeya, otro calandraca y otro periquito verde. Desplumado.

Y ellos, ¿qué pensarían de un desconocido que se reía solo en el Metro?

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