domingo, 26 de mayo de 2013

Son recuerdos

Algunas veces he hablado de una de mis debilidades, que es el pasado (lejano, cercano e incluso futuro). Por el pasado futuro es por el que vivo, el que me hace disfrutar cada momento, el que me anima a hacer todo lo que tenga que hacer para luego recordarlo con una sonrisa en la cara. Por eso escribí El amargo despertar.
Para el pasado cercano tengo muchas cosas a favor. Las más importantes tienen nombre y apellidos, tienen abrazos y despertares, tienen muchas charlas en las que solo escucho. Las nuevas tecnologías también ayudan a esto. Quizás algunos no se hayan dado cuenta, pero mi manía por tener y acumular fotos o vídeos es solo una manera más de protegerme del olvido, un enemigo que cada vez me gana más terreno (me aterra comprobar como todo el mundo recuerda cosas que yo, simplemente, ya ignoro).
El pasado lejano es el que más me preocupa. Ya son menos las personas que me pueden ayudar. Están mis padres o mi familia, por supuesto, pero poco más (quizás dos locos a los que por desgracia veo muy pocas veces al año). Ayer fue un día muy especial para el Alberto guaje, el chavalín, el que aún sueña con patios de colegio y campamentos. Ayer se celebró el 20º Aniversario de la Asociación Juvenil que mi padre fundó en 1977 y en la que yo estuve muy implicado desde los 6 años hasta los 18. En un bar cercano nos reunimos todos aquellos que fueron y son en la Asociación. Más de 10 años después de mi partida me sentí como en casa, rodeado de recuerdos que se me habían escapado y de muchas personas. Había gente mayor que yo que nunca conocí, había niñas y niños con los que yo trabajé como monitor y que ahora son adolescentes ilusionados, había una serie de personas con las que yo compartí mucho más que una amistad de fin de semana y que siguen sonriendo igual que cuando yo me fui de allí por miedo a no ser capaz de hacerlo. Había más que buenos amigos. Había también canciones olvidadas que canté como cuando tenía 15 años y fotos que nunca había visto. Estaba también la de los abrazos y despertares, mi sol, mi luna y mis estrellas, compartiendo lo que no tenía por qué compartir y que entiende que una relación no es solo vivir el presente y preparar el futuro, sino también disfrutar el pasado, el compartido y el que no.
Aún sigo teniendo conversaciones pendientes con muchas personas y que ayer solo empecé, pero debo dar un gracias enorme a todos los que colaboraron para que la noche de ayer fuera lo que fue. Estoy seguro de que para mi familia y para mí ha sido un paso muy importante para seguir adelante.
Si hoy sigo apostando y defendiendo el asociacionismo es por la gente que vi ayer. Como dijeron bien, es complicado encontrar a personas que anteponen su barrio a todo el resto de cosas superfluas que nos rodean. Es una opción de vida y, por qué no, de fe. La fe que confía, la que ama, la que une, no la fe que ordena, que odia y que separa. Si fuera valiente me iría corriendo para allá a ser de nuevo monitor, pero no lo soy. Si algún día tengo un hijo quizás sea para verle crecer a vuestro amparo.
Por desgracia ahora toca volver al día a día dentro de un sistema educativo rancio, a comprobar por las redes sociales lo inútiles y ególatras que son algunos, a hablar de lo jodido que está el asunto, al agotamiento por enfermedad. Al menos todo lo demás que me rodea es, simplemente, perfecto. Larga vida.
Os saluda,
Alberto.



(Ahora se me escapan unas lágrimas. Puñeteras...)

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